Mi Soledad y Tú (vista previa)

Prólogo

Uno puede escoger la soledad. Se siente libre y la escoge como relax o para pensar o para preparar una conferencia o escribir una carta… La escoge libremente y ello le realiza como persona.

Pero existe otra soledad. Esta realmente terrible. Nefasta, porque uno no la escoge. La escogen los otros y se la imponen cuando uno tiene la dolorosa evidencia de no significar nada para nadie. Esta soledad no escogida es prácticamente una condena, una maldición, una cárcel, un oprobio cuando te sientes excluido de toda comunión y vecindad. No eres nada para nadie. Vives en una situación de aislamiento impuesto, forzado, oneroso, desolado y triste. ¿Qué has hecho tú para merecer esto? Simplemente, te han borrado del libro de la vida y del libro de la esperanza. Eres un condenado.

¿Dónde está Dios aquí? Dios es el gran ausente. La inevitable condena. La pura Nada.

José Llunell Vilaró


Mi Soledad y Tú

Lo que te hace más excepcional, si es que lo eres, es inevitablemente lo que te causa más soledad.

Lorraine Hansberry

 

No recuerdo cómo ni cuándo nos conocimos. Pero sí que un día empezaste a escribirme. Muchas, muchas cartas. Eran cartas muy cortas. Algunas, tipo telegrama. Yo no te contestaba. Pero las leía y releía una y otra vez. Me divertía imaginar tus manos. Tus manos escribiendo. Escribiéndome. Acariciar el papel.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que tu recuerdo me turbó, ni tampoco el momento en el que supe que mi vida giraba en torno a ti. A veces imaginamos que la proximidad o la distancia lo rigen todo. Pero no es cierto. ¿Cuándo habíamos estado cerca tú y yo? Yo no tenía constancia de ello. Claro que tenía tus cartas. Decías en una de ellas que nos vimos, por primera y última vez, en el fastuoso vernissage de Peter MacFarlan. Yo sólo recordaba haber huido de allí en cuanto pude.

Un día dejaste de escribirme. Y te eché de menos. Y se produjo un vacío a mi alrededor. Y la soledad habitó en mí. Fue entonces, cuando decidí escribirte yo una carta. No pedía respuesta. Creo que simplemente te daba noticias mías. Tuve que esforzarme mucho al redactarla porque no quería dejar traslucir en ella toda el ansia y la angustia que me invadían. Tras hacerlo, dudé si enviártela o no. ¿Lo hice? En realidad no lo recuerdo, supongo que no.

Pocos días después, al no recibir respuesta – incoherente, ¿no? – decidí salir a tu encuentro. Pero, ¿dónde estabas? Tus cartas habían sido enviadas desde diferentes lugares. Me era imposible recordar a dónde había enviado la mía. Si es que realmente lo había hecho. No me importó. Viajaría. Hay momentos en que uno ya no puede esperar más, aunque no sepa exactamente qué. Momentos en que uno debe ser capaz de arriesgarse, de lanzarse al vacío. Y creo que éste fue uno de ellos.

Pasó el tiempo, no más cartas, no más viajes, no más esperas. La soledad se convirtió en mi más fiel compañera. Empezábamos a encontrarnos a gusto la una con la otra cuando se te ocurrió llamarme por teléfono, aquí, a mi casa, para preguntarme cómo estaba. Tu voz sonaba lejana. Al principio no la reconocí. Pero, ¿es que alguna vez habíamos hablado?

Dijiste: – Voy a venir a verte.

- ¿Para qué? – pregunté yo.

- Quiero conocerte – respondiste. – Mañana hago escala en Barcelona, vía Madrid. Mi avión llega a las cuatro de la tarde. Una hora después estaré en tu casa. ¿Qué te parece?

Mi respuesta fue un silencio que tú respetaste. Aunque, pasados unos segundos, añadiste: – Tendremos toda una tarde y una noche para hablar.

- ¿De qué? – creo que murmuré.

- Repito, quiero conocerte.

Aquella noche volví a tomar tus cartas en mis manos, volví a leerlas. Ahora estaba tu voz. Una voz apenas audible, como un susurro, lejana.

Me di cuenta de que tú eras para mí unas palabras escritas, tacto de papel, murmullo lejano, pero que no tenías cuerpo.

Y entonces lloré. Sola. En mi cama.

 

Al día siguiente, llovía. Una lluvia fina, ligera, agradable. Su música relajaba mi espíritu, como siempre ocurre en estas ocasiones. Pero surgió un problema. Debía ordenar la casa. Aquella tarde llegabas tú. Todo estaba en un gran desorden que a mí nunca me había preocupado. Hasta entonces. Creí volverme loca. ¿Por dónde empezaba? Yo vivía sola. Tú estabas y no estabas. Pero hoy, estarías aquí, quiero decir físicamente. Increíble. Mi soledad empezó a sentirse amenazada. Gritaba, aullaba, luchaba por defenderse.

Bruscamente, por la tarde, cuando sonaron las cuatro, salí corriendo de casa, cogí un taxi en la esquina: Al puerto, a Colón, al mar.

Una vez allí, me dediqué a contemplar las gaviotas. ¿Las has observado alguna vez? Suben y bajan. Revolotean, sin sentido alguno para los humanos. Y chillan. Chillan desgarradamente.

Al anochecer, me dirigí al Hotel Oriente con una idea fija: pasar allí la noche y, al día siguiente, cuando tú ya hubieras volado hacia Madrid, volver a casa. A mi casa, única y exclusivamente. El plan me tranquilizó. Me sentí salvada. Mi soledad también. Lo seguí.

Tú seguramente ahora no lo entiendas. Pero es posible que un día tú sientas esta misma soledad amiga que yo sentía/sentí en aquel momento y siento actualmente y, sin saber el porqué, luches por salvarla de cualquier peligro.

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