Sabores de alma y sal (vista previa)

Micaela Serrano Quesada

Agradecimientos

Tras la publicación de mi último poemario, El latido de la vida, he tenido la necesidad de explicar con mayor detalle la experiencia del cáncer a través de uno de los personajes de esta novela, Carmen. El cáncer es una enfermedad cada día más tratable y con mayor esperanza de vida, a la que no hay que tener miedo.

Toda enfermedad está enseñándonos una lección para aprender en la vida. Debemos prestarle atención para poder cambiar algunos aspectos que nos pueden perjudicar. Revisar nuestras emociones, el nivel de estrés que padecemos, nuestra alimentación, el descanso y el sueño, necesario para regenerar nuestras células.

Este libro quiere dar importancia a la alimentación. Especialmente a la dieta vegetariana que ayuda sobre todo en la recuperación de muchas enfermedades. En este sentido he conocido la obra de la Doctora Odile Fernandez, Mis Recetas anticáncer, Mi revolución anticáncer, que han sido de gran inspiración.

He descubierto en Barcelona, desde hace algunos años, los restaurantes Teresa Carles y Flax & Kale que cuidan la dieta vegetariana y vegana con mucho cariño y sus platos son sumamente deliciosos.

Doy las gracias a todos los médicos y enfermeras que tratan el cáncer de manera holística, junto a grandes terapeutas ya que pueden ayudar a erradicar esta enfermedad y a minimizar los efectos secundarios de los tratamientos efectuados desde la medicina tradicional.

A ti lector, gracias por leerme. Espero que este libro pueda ser una aportación más en tu vida y pueda ayudarte en tu camino.

Todos los personajes y sus historias son inventados aunque siempre puede haber personas que se identifiquen con alguno de ellos. En cualquier caso, no es mi intención.

Por último, dedico este libro a la bella María, que nació un frío día del mes de enero de 2017, para darnos la alegría más inmensa en nuestra familia.

Micaela Serrano Quesada

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Cuando todo se trastoca

Capítulo 1

Carmen se había levantado malhumorada. Eran cerca de las ocho de la mañana y tenía menos de media hora para arreglarse, tomar un café y salir corriendo para el despacho. Había tenido una noche horrible, con miles de pesadillas y estaba agotada. Hacía semanas que se encontraba exhausta y necesitaba un descanso. En la oficina, el trabajo la desbordaba y últimamente su vida sentimental se estaba cayendo en pedazos.

Carlos, su última pareja, la abandonó por una joven y guapa mujer, dejándola destrozada. Anteriormente estuvo con Daniel, un tipo divertido a quién no le gustaba comprometerse. Después de dos años juntos, Carmen decidió romper la relación porque sabía a ciencia cierta que no llegarían nunca a ningún lado. Al cabo de varios meses conoció a Carlos en un viaje a Madrid. Era comercial de una empresa alemana y viajaba con mucha frecuencia. Después de tantos viajes, los encuentros entre ellos resultaban cada vez más difíciles. Vivían el sexo en su máxima potencia; pero la comunicación se volvía complicada, hasta que un día se enteró por un colega de la oficina que estaba liado con Silvia, una jovencita de veinticinco años.

Desde el sofá de su casa, contemplaba como su vida consistía solo en trabajar, dormir y comer, o más bien en engullir hamburguesas, pizzas y litros de Coca-Cola. Tenía a sus dos grandes amigas, Inés y Olga con las que pasaba ratos inolvidables. Luego a las compañeras del despacho y a su madre Julia que la querían con locura. Su padre Daniel había fallecido hacía unos años.

Se sentía protegida y sola al mismo tiempo. ¡Menuda contradicción!

—¡Vaya mierda de vida, nada más que trabajar como una burra! ¡Qué sentido tiene todo esto! —se preguntaba a menudo Carmen.

Esa misma tarde tenía visita con el Doctor Fernández. Esperaba los resultados de unos análisis. Pura rutina. Saldría temprano para no pillar atascos y llegar pronto a la clínica.

Había sido un día de locos, como otro lunes cualquiera:

—¡Carmen, tráeme por favor los nuevos diseños de bambas de Running para la próxima estación! —le gritó nervioso su jefe desde la otra punta de la sala.

—Enseguida, un momento que lo busco —dijo ella sumisa.

En cinco minutos ya tenía todo en la mesa del despacho. Había una reunión general con el Director Comercial y el Gerente.

Ella aprovechó un instante para ir al lavabo y marcharse al médico. Eran las seis de la tarde.

—Perdona, Luis, me marcho, que hoy tengo un poco de prisa. Hasta mañana —comentó con voz entrecortada Carmen.

—Muy bien, hasta mañana —dijo a su vez el jefe con cara de pocos amigos.

Hacía más de diez años que trabajaba en la empresa “Lenixing”, que comercializaba marcas deportivas. Era la secretaria del Director Comercial desde hacía cinco. Había pasado por los departamentos de marketing y contabilidad.

Carmen era una persona responsable, segura de sí misma, inteligente y sacrificada. Muy apreciada por todo el equipo directivo, prueba de ello es que recientemente la habían promocionado para ser la nueva Jefa de Logística aunque ella lo rechazó por la salud de su madre. No podría asumir tanta responsabilidad. Esta negativa no gustó especialmente a Luis con el que tenía una relación más o menos tirante. Desde entonces, la machacaba constantemente con informes, emails y llamadas telefónicas por lo que a menudo salía del despacho a las siete o las ocho de la tarde. Poco a poco se sintió cada vez más agotada y apenas tenía ganas de salir con sus amigas o ir al gimnasio, tampoco de cocinar por lo que empezó a comer de manera desordenada, especialmente sándwiches, hamburguesas, pasta y pizza. Lógicamente se engordó ocho kilos.

Aquella tarde frente al doctor, se quedó fría ante la noticia que acababa de recibir.

—Tienes tricoleucemia. Es una variedad dentro de la leucemia. Se cura muy bien con quimioterapia y antibióticos. Te haremos una punción medular para acabar de diagnosticar la enfermedad, pero no te preocupes que es una leucemia leve.

No sabía que decir sinceramente. La saliva se le atragantó y casi no podía respirar.

—¿Pero está seguro del diagnóstico? Puede que haya un error, tal vez… —pronunció con vocablos apenas imperceptibles.

—Carmen, estoy muy seguro de lo que digo —sentenció con un tono grave, mesándose la barba al mismo tiempo—. No es grave, no te preocupes. Lo hemos detectado muy pronto y seguro que te recuperarás en unos meses. Lo mejor que puedes hacer ahora es descansar, tomarte las cosas con calma y coger fuerzas —finalizó el doctor Suárez.

Ella salió por la puerta con lágrimas en el rostro. Estaba muy asustada y no sabía qué hacer. Bajó por el ascensor con la mirada perdida y al llegar a la planta baja, casi tropieza con otros pacientes.

—¡Eh, Usted!, a ver si mira por donde va, que casi me caigo —le dijo un señor con malas pulgas.

—Perdone, no me había dado cuenta —dijo Carmen, disculpándose.

Aún retumbaban en su cabeza las palabras del doctor… no podía creerlo. Tendría que llamar al despacho y explicarlo todo. Tal vez estaría largos meses de baja. Igual perdía el puesto de trabajo… estaría sola, enferma y sin faena… lo peor del mundo.

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